En los confines del mundo. Con el señor Lipton (Sri Lanka)
por Salvador Trallero, mayo de 2026
El tren de alta montaña avanza bajo el rugido poderoso de la pesada locomotora en su recorrido entre las verdes y frondosas cumbres del antiguo Sri Lanka, hoy Ceilán. Dicen que este es uno de los viajes en tren más interesantes del mundo; convertido en una atracción turística, el ferrocarril que une, formando parte de un recorrido más amplio, las ciudades de Ella y Haputale agota sus billetes en poco tiempo. La estación es pequeña, coqueta, limpia y cuidada, donde al andén se suma un edificio de planta baja con dos oficinas y una taquilla al exterior, donde hay una animada cola de turistas y viajeros para adquirir uno de los billetes de los varios convoyes que circulan diariamente. El tren tiene tres categorías; la primera, de un solo vagón reservado para turistas, cómodo, limpio, con ventiladores para mover el aire, asientos enmoquetados, y acristalado en toda su parte delantera, lo que permite ver el avance del tren por el camino de hierro entre valles y montañas. La segunda, varios vagones con asientos de madera, ventanas abiertas y puertas sin cerrar que permiten asomarse y disfrutar del recorrido desde las escalerillas. Y la tercera, con bancos de madera sin respaldo, corridos de un lado a otro en los laterales del vagón, y asideros en el techo para la gente que va de pie durante el viaje. No hay baños en el tren, y en algunos convoyes que los tienen su visita debe ser de urgencia, por su estado no muy limpio.

Puntual, el silbido estridente de su sirena se apodera del lugar y avisa de la salida, la gran locomotora diésel comienza a moverse, arrastrando a las grandes ruedas de hierro macizo del tren, que empiezan a rodar suave y lentamente por las vías, llevándolo a una ligera oscilación con parsimonia y encanto de un lado a otro.

Las puertas de los vagones están abiertas durante todo el recorrido, y es un gozo asomarte al paisaje; las nubes con sus ligeras y breves lloviznas coronan los brumosos picos de montaña, y al salir el sol, resplandece el verdor de los arbustos de té, que se extienden por cientos de miles en todas las faldas y picos de las colinas, mientras pequeños pueblos se divisan en el fondo de los valles. Los olores impregnan la atmósfera, a tierra y vegetación, lluvia y bruma.

Esta es una de las zonas de mayor producción de té del planeta, plantadas a mediados del siglo XIX en los tiempos del Imperio Británico, y fue allí donde se instaló el escocés Thomas Lipton. A la llegada a la estación de Haputalle, varios tuk-tuk (motocarros de tres ruedas) esperan a los turistas y viajeros. Por un módico precio, 3200 rupias (casi 10 euros), se puede contratar uno toda la mañana para visitar las plantaciones de té, el black tea, la variedad más numerosa del lugar.

Estrechos y empinados caminos de tierra surcan las colinas y los valles, ascendiendo serpenteantes por los picos y descendiendo hasta lo profundo de los puertos; y en una de las cúspides más altas se encuentra una pequeña cafetería y un mirador de vista espectacular, rodeado de cimas nubosas, con grupos de cúmulos y neblinas que corretean entre las altas montañas y las colinas llenas de arbustos de té.


Mr. Lipton
Y allí, en los confines del mundo, mister Lipton es recordado por una estatua, que lo representa sentado en un banco, con traje de gala y tomando relajado una taza de su famoso té. Los arbustos de black tea crecen en esos lugares de altura, lluviosos y de tierra fértil y húmeda; en los campos, mujeres con sacos a sus espaldas laborean en jornadas laboriosas entre las interminables filas arbóreas, recogiendo las pequeñas hojas que serán secadas y molidas en las factorías con destino a la exportación a Europa y otros lugares del mundo, dónde se degustan y saborean sin apenas conocer su origen.
























